Primer cuatrimestre - Carlos Palomo

 El comienzo de la carrera de Periodismo fue prometedor. Nunca había estudiado una carrera de letras, tan solo varios intentos de ingeniería. El ambiente era totalmente nuevo para mí: misma proporción de chicos que de chicas, profesores abiertos a interrumpir sus lecciones para dar paso a debates espontáneos con alumnos, asignaturas muy variadas, trabajos que podíamos orientar hacia los temas que más nos atrajeran… Incluso el nivel de dificultad era el idóneo para mí, teniendo que compaginar estudios con trabajo.

Prácticamente todas las asignaturas me resultaban agradables, se alternaban nociones de valores, actualidad y cultura general, enseñanzas que en mis anteriores experiencias en la universidad no había recibido por parte de profesores. Sólo una asignatura me resultaba aburrida, sin tener claro si era culpa del profesor o de la materia en sí, pero la felicidad que me aportaban las demás eclipsaba esas tres horas de aburrimiento semanales. Obviamente no todo iba a ser color de rosa, y los primeros momentos desagradables tuvieron siempre el mismo origen: la diferencia de edad y madurez respecto al resto de la clase, a excepción de un compañero de 65 años y otro de 18 con una cultura y calma avanzadas para su edad. La mayoría de alumnos tenía diecisiete o dieciocho años. Si bien podría ser una experiencia enriquecedora, la falta de seriedad al realizar trabajos grupales, pero sobre todo el ansia por cancelar clases bajo cualquier pretexto (“profe, ¿hacemos puente el próximo lunes?”) y la mala costumbre de hablar en clase como si no hubiera un profesor intentando enseñar empezaron a sacarme de quicio. Yo, que me había propuesto ser un alumno radicalmente opuesto al que fui en mis anteriores experiencias universitarias, solo tenía asistir a todas las clases, sentarme en primera fila, y atender todo lo posible, minimizando las distracciones. Lamentablemente me di cuenta de que mi predisposición no sería suficiente, y hubo días en los que estar a dos metros de distancia del profesor no eran suficientes para escucharle, y hubo uno en el que, por no estar en el grupo de Whatsapp de la clase, llegué a la universidad para luego comprobar con mis propios ojos de que se había acordado otro “puente”.

De hecho, aprovecho esta entrada para animar a los profesores a que cambien de estrategia. Sé que la universidad no es el instituto, y el trato es (o debería ser) de adulto a adulto, pero los tiempos cambian y hay que adaptarse. De la misma forma que sabemos que los alumnos ya no tienen el mismo nivel de madurez que antes, si el aprendizaje de un alumno en primera fila se ve afectado por culpa de actitudes de colegio, habrá que tomar cartas al asunto. Sé que es desagradable, pero con expulsar de clase a los alumnos alborotadores estoy seguro de que la clase cambiaría su actitud en menos de tres días. Al fin y al cabo, somos animales: refuerzo negativo, tan simple como eso.

 

Aun así, el balance del cuatrimestre fue positivo, más aún cuando vi que había aprobado todo. Un cuatrimestre más en la misma línea y tendría tres meses de vacaciones para compaginar trabajo con proyectos para alcanzar mis metas. Al fin y al cabo, si decido cursar una carrera con 28 años es porque quiero dedicarme a mi gran pasión: el motociclismo. No estoy obligado a conseguirlo, pero sí a intentarlo.

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